La Casa del Árbol Seco
No fue un incendio. No hubo llamas, ni humo, ni gritos. Pero ardió igual. El banco les quitó la casa. No importaron los años pagando, las paredes llenas de fotos, las tardes de té con pan amasado. Tampoco los cumpleaños celebrados en ese living, ni el árbol que ella había plantado de niña en el patio. Un tilo torcido, seco, que nunca dio sombra, pero que seguía allí. Como un testigo mudo del tiempo. Mariana –porque así se llama nuestra protagonista—volvió del trabajo una tarde con la carta en la mano. Su madre lloraba en la cocina, su hermano guardaba las cosas en bolsas negras. El banco ya había enviado gente. Gente sin rostro. Gente sin historia. Gente que no entendía que estaban tocando recuerdos, no muebles. En menos de dos horas, todo lo que fueron… Dejó de ser. Mariana se quedó con lo justo: Una mochila con ropa, su cuaderno de dibujos, un peluche viejo y la gata que maullaba entre las cajas. El resto se per...








