Lodo
Al principio no fue una caída.
Fue una sucesión de empujones suaves.
Uno tras otro, hasta que se encontró de rodillas en un pozo que no había notado.
Y entonces, sí, vino el golpe.
El más bajo.
El más sucio.
El que la dejó en el lodo.
Nadie lo vio.
Ni siquiera ella entendió cómo pasó.
Solo supo que de pronto, respirar dolía.
Comer era esfuerzo.
Dormir, imposible.
No tenía fuerzas ni para pedir ayuda.
Y además,
¿a quién le iba a importar?
Pasaron días.
Semanas.
Años, tal vez.
Ella no los contaba.
Hasta que un día algo cambió.
No fue una persona.
No fue una frase.
No fue una señal
Fue simplemente...el instinto.
El que sobrevive.
El que no se rinde aunque no sepas por qué.
Se miró las manos.
Ya no temblaban tanto.
Se tocó el pecho.
Todavía latía.
Y se levantó.
No como en las películas.
No con música épica, ni aplausos.
Sino torpe.
Desalineada.
Llena de barro y cicatrices.
Pero de pie.
Ese fue el primer paso
El segundo fue más difícil:
perdonarse.
No por haber caído.
Sino por haberse quedado tanto tiempo abajo.
Después vino todo lo demás:
caminar, confiár, soltar, querer otra vez.
Y sí....también volvió a caerse.
Muchas veces.
Pero ya sabía el camino de salida.
Y esta vez, no se quedó a vivir en el lodo



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