El Corazón de un Bosque Propio


 Elisa observaba el mundo desde su silla, su trono de creación.

No era un trono de piedra o de oro, sino de acero y sueños silenciosos, desde el cual el universo parecía revelarle sus secretos más dulces.

 

Fuera de su ventana, la tarde se teñía de oro y lavanda, pero dentro de su mente, un bosque mágico susurraba su nombre.

No era un bosque cualquiera. Era el Bosque del Alma, donde los senderos se tejían con melodías nostálgicas y los arboles contaban historias de amor y resiliencia.

Elisa solía cerrar los ojos y encontrarse allí, no como una joven en silla de ruedas, sino como un susurro de viento, una mota de luz…o a veces, como la propia Kira.

Esa tarde, la inspiración se sentía como un hilo de seda. Tomó su cuaderno, y la tinta comenzó a danzar:

Una historia de pérdida, de vínculos rotos y de cómo el cariño los vuelve a coser, más fuertes que nunca.

A medida que escribía, sentía una punzada:

Un eco de sus propias batallas, de los momentos en que la luz parecía difuminarse.

 

En el papel, las palabras cobraban vida: Kira, Delta, Mía, Renata y Lucian.

Se movían entre los árboles, sus risas resonaban, sus miedos se enfrentaban.

Eran más que personajes;

Eran extensiones de su propio corazón, de la esperanza que siempre buscaba en medio de la oscuridad.

 

Cuando Kira –la zorrita blanca con gafas y espíritu inquiebrantable — consoló a una pequeña Mía que lloraba por un pequeño desaire, Elisa sintió cómo su propia alma se abrazaba.

“No escribo para escapar de la realidad”, se dijo en voz baja

“sino para recordarme que aún hay luz cuando cierro los ojos”.

Y mientras el sol se ponía, bañando su habitación en tonos naranjas y morados, Elisa sonrió. No estaba sola.

Estaba rodeada de un bosque, de pequeños zorritos que la amaban, y de una luz que ella misma había encendido.

Su silla era el faro, y su imaginación, el mar infinito donde sus historias navegaban. Porque en cada palabra que nace de su corazón, vive una chispa que, ni el tiempo, ni la oscuridad pueden apagar.

 

 

 

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