La Casa del Árbol Seco
No fue un incendio.
No hubo llamas, ni humo, ni gritos.
Pero ardió igual.
El banco les quitó la casa.
No importaron los años pagando, las paredes llenas de
fotos, las tardes de té con pan amasado. Tampoco los cumpleaños celebrados en
ese living, ni el árbol que ella había plantado de niña en el patio. Un tilo
torcido, seco, que nunca dio sombra, pero que seguía allí. Como un testigo mudo
del tiempo.
Mariana –porque así se llama nuestra protagonista—volvió del
trabajo una tarde con la carta en la mano. Su madre lloraba en la cocina, su
hermano guardaba las cosas en bolsas negras.
El banco ya había enviado gente. Gente sin rostro. Gente
sin historia. Gente que no entendía que estaban tocando recuerdos, no muebles.
En menos de dos horas, todo lo que fueron…
Dejó de ser.
Mariana se quedó con lo justo:
Una mochila con ropa, su cuaderno de dibujos, un peluche
viejo y la gata que maullaba entre las cajas.
El resto se perdió en el polvo de una justicia que solo
existe para los que pueden pagarla.
Esa noche durmieron en la casa de una tía que los acogió,
pero no los abrazó. Les dio un techo, sí, Pero también miradas incómodas,
silencio a la hora del desayuno, y comentarios velados como: “No podemos vivir
todos apretados para siempre”
Mariana dejó de soñar. Hasta que un día, la rabia se le
escapó por los dedos.
Rompió hojas. Lloró con tinta. Dibujó una y otra vez la
casa perdida: a veces con fuego, otras con raíces profundas arrancadas por
manos invisibles.
Y así, sin querer, empezó a sanar.
Hoy, esa historia vive en un blog anónimo.
La cuenta con seudónimo, como quien escribe con
cicatrices.
A veces, cuando la lee en voz alta, todavía le tiembla la
voz.
Pero también sonríe.
Porque sobrevivió.
Y eso, aunque nadie lo vea, es una forma feroz de
victoria.



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